Imaginar la memoria

Imaginar la memoria

El “ensayo de retrospectiva” de Edgardo Catalán

Sergio Rojas

Ítaca te regaló un hermoso viaje

Sin ella el camino no hubieras emprendido

Mas ninguna otra cosa puede darte

K. Kavafis: Ítaca

La producción artística de Edgardo Catalán puede ser leída como la puesta en obra de una memoria constituida por imágenes que retornan, como buscando un cuerpo visual que acoja la distancia que traen consigo. Retornan los días pasados, pero no como si se tratara de escenas que demandaran obsesivamente derechos sobre el presente, sino que vienen del mismo modo en que nosotros regresamos a esos lugares en los que nunca hemos dejado de estar. Un pasado que regresa en el atesoramiento de sus imágenes no es sino el retorno de aquello a lo que debemos las alegrías y las penas que resuenan en el hecho de haber tenido una vida.

El puerto de Valparaíso poblado de alturas, casas, viento y caminantes, el promesante con su aurática tristeza, Bach y el ícono de su caligrafía, el impasible cuerpo de la modelo, la postura de Monet, a la vez reposada y altiva, la piel de las formas en los desnudos, el erotismo, los sobres y sellos de la correspondencia, los barcos de papel, son algunos de los motivos visuales que trazan el itinerario de este “Ensayo para una Retrospectiva”. Se trata de un viaje, pero no del viaje que simplemente se recuerda, como el turista que comparte ufano sus postales con los que permanecieron en tierra, sino del viaje de la memoria misma, que con la fortaleza de la imaginación no cesa de transitar hacia una Ítaca alojada en el pasado, como si en el comienzo de todo estuviese el punto de llegada. Aquello que no dejamos de evocar es aquello de lo que nunca podríamos llegar a ser propietarios, porque, después de todo, la memoria no es algo que hacemos, sino algo que nos pasa.

Recordando las estaciones de un largo itinerario, hemos descubierto que viajábamos para recordar el viaje, y en ello seguir viajando.

El título de la exposición nos habla de una mirada que se dirige hacia atrás. Sin embargo, ¿acaso la idea de retrospectiva no constituye el sentido mismo de la obra de Catalán? Podría decirse que muchas de estas piezas realizan precisamente un ensayo de retrospectiva, una reflexión de la imaginación en que el artista ha traído un sentimiento, una sensación, una textura, hacia el encuadre visual de una escena. Como espectadores en la sala presentimos que las imágenes de esta retrospectiva contienen, en cada caso, el coeficiente ensoñador de la distancia, ésa de la que están hechos los sueños, los recuerdos, las fantasías, los deseos. La memoria –como la imaginación- ama las distancias que la hacen transitar, y es precisamente lo que vemos aquí: imágenes en tránsito, escenas que no podrían fijarse siquiera por un momento sin el recurso al papel, al color, al trazo del pincel. De aquí que en varias pinturas vemos –también pintados- los instrumentos mismos del oficio de poner en imágenes el pasado. Y en ocasiones asistimos también al cuadro en el cuadro, cuando ciertas escenas se nos ofrecen al modo de viñetas, como si de esta manera el artista nos estuviera diciendo: “así imagino lo que recuerdo”.

Dos series, más recientes en la producción del artista, reflexionan visualmente otro tipo de magnitudes, se trata de “Pompeya” y “Tsunami”. Catalán visitó la antigua ciudad romana que el año 79 (d.c.) fue sepultada violentamente por la erupción del volcán Vesubio. Un doble viaje, a la provincia de Nápoles, pero también hacia una época cuyos orígenes se hunden en la antigüedad y que ha ingresado en el imaginario moderno marcada por un acontecimiento de destrucción inimaginable. En una de las pinturas, los cuerpos momificados nos sugieren individuos atrapados y eternizados en pleno sueño. En el caso de “Tsunami”, se trata también de la fuerza de la naturaleza que irrumpe en la escala cotidiana de la existencia humana, haciendo manifiesto el frágil domicilio de los sueños y deseos individuales. Como si se tratara de construcciones hechas con “palos de fósforos”, un inimaginable volumen de agua reduce a astillas las viviendas. La analogía que el artista propone en “Tsunami 1973” es clara, cuando los procesos históricos se desencadenan como si se tratara de acontecimientos naturales que se despliegan lejos del sentido arrasando el orden de los afectos y las cercanías.

Acaso la memoria no sea después de todo una “facultad” (¿habrá algo más pedestre que una “buena memoria”?), sino que está hecha de las imágenes que se han quedado con nosotros. Y entonces sólo tenemos memoria de aquello que alguna vez imaginamos, como aquella pareja a la que el viento lleva por los cielos de Valparaíso, o Monet en el jardín de Giverny, o la mano esquelética que roza el lozano cuerpo de la modelo. Las imágenes que evocamos saben algo acerca de nosotros.

Toda memoria tiene algo de homenaje. Es lo que debemos a los lugares, a los rostros, a las cosas que nos hicieron compañía un día que no es el de hoy.

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